domingo 23 de agosto de 2009

Pertenencia.

Uno cree pertenecer a un lugar concreto, a un olor, a un recuerdo, a un palmo de tierra que modificara alguna vez el perfil de sus rodillas, a un estilo de vida, a un horizonte azul –o negro-, a una cultura determinada.

Esta relación-cadena mantiene partida en dos la mente del emigrante.

El que se va descubre que hay un lugar que lo acoge (aunque venda cara su acogida) y al que también siente pertenecer un día.

Pero en las idas y venidas, uno aprende que a ningún sitio pertenece, que allí donde estuvo hizo hogar y hogar hace allí donde ahora está.

Al final, uno sabe que sólo pertenece a su existencia.

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